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Artículos de psicología

Ideas para comprendernos mejor.

Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.

Un espacio para leer y pensar.

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55 lecturas

SUBSTACK · ADELANTO

El narcisismo social y la cultura del éxito perverso

El otro día, esperando para pagar en una cafetería, vi a un chico joven repetir por cuarta vez el mismo vídeo de tres segundos. Levantaba la taza, sonreía, miraba a cámara. La primera toma no le sirvió, ni la segunda, ni la tercera. Buscaba una versión de sí mismo tomando café que fuera mejor que él mismo tomando café. Cuando por fin le salió la buena, se guardó el teléfono, dejó de sonreír de golpe y se quedó con una cara de cansancio que no le había visto en ninguna de las cuatro tomas. Ese contraste, la sonrisa de encargo y el agotamiento de después, se me quedó grabado. Me pareció el retrato más honesto de algo que llevo tiempo intentando nombrar.

Vivimos dentro de una cultura que ha convertido el éxito en una obligación permanente, y la manera en que cada uno se relaciona consigo mismo se ha ido pareciendo, cada vez más, a la manera en que ese chico se relacionaba con su taza. Con un ojo puesto en cómo queda desde fuera. Quiero hablar de eso, y quiero usar dos palabras que se prestan a malentendido, así que las voy a explicar despacio. Narcisismo. Éxito perverso.

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El control social

Alguien está sentado en una reunión y escucha cómo las personas que lo rodean van repitiendo, con palabras ligeramente diferentes, una misma interpretación de lo sucedido, mientras dentro de él comienza a formarse una duda que todavía no ha encontrado una expresión precisa y que quizá nunca llegue a pronunciarse, porque antes de saber exactamente qué quiere decir ya ha imaginado la reacción de los demás y esa alteración casi imperceptible del ambiente que se produce cuando una conversación avanza en una dirección compartida y alguien decide interrumpirla con una pregunta para la que nadie parecía haber reservado espacio. Puede que termine asintiendo, incluso es posible que añada alguna frase suficientemente cercana a lo que el grupo espera, y después regrese a casa con la extraña sensación de haber estado presente en una conversación en la que apenas quedó rastro de él.

Nadie le habrá impedido hablar y tampoco habrá recibido una instrucción acerca de lo que debía pensar, aunque el control ya habrá cumplido su función en el momento en que esa persona calculó el precio emocional de la discrepancia y comprendió que expresar su duda podía modificar el lugar que ocupaba entre los demás. Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que se forman lentamente alrededor del miedo a perder una pertenencia, pero ambos pueden parecerse tanto desde fuera que llega a resultar difícil distinguirlos incluso para quien calla. Con el paso del tiempo, uno termina explicándose que tampoco era necesario intervenir, que quizá no había comprendido bien lo ocurrido o que aquella conversación carecía de verdadera importancia, mientras la pregunta que quiso formular va desapareciendo sin haber llegado a existir para nadie.

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Dignidad

He estado muchos años y no hace mucho, en esta ocasión, nuevamente, junto a la cama de una persona que se estaba muriendo, en esas horas en las que ya se habla poco y casi todo lo que queda es respirar y estar. En algún momento me pidió, con un hilo de voz, que le subiera un poco la sábana, que tenía frío. Un gesto mínimo, de esos que no se aprenden en ninguna carrera. Y mientras lo hacía, me di cuenta de que en aquel cuarto no estaba pasando nada de lo que solemos llamar importante, nada útil, nada que se pudiera medir y a la vez estaba pasando lo único que de verdad importaba. Que no se quedara solo. Que hubiera todavía una mano que respondiera a su frío. Salí de allí con una palabra pegada, la misma que da título a esto, y con la sospecha de que casi nunca la usamos bien.

Hablamos de dignidad como si fuera una propiedad que las personas tienen y que ciertas situaciones les quitan. Decimos que alguien ha perdido la dignidad porque depende de otros para lavarse, porque lleva pañal, porque ya no reconoce a los suyos, porque su cuerpo hace cosas que a él, cuando mantenía su autonomía, le habrían dado vergüenza. Y yo creo que esa manera de hablar, tan extendida y tan bienintencionada, encierra un error grave, y además peligroso. Porque si la dignidad fuera eso, algo que se pierde con el deterioro, entonces habría vidas que en su tramo final dejarían de tener valor, y no hay idea de la que me fíe menos que de esa.

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El buen morir

Hubo un tiempo en que la gente sabía que se estaba muriendo y los que la rodeaban lo sabían con ella, y esa certeza compartida, lejos de ser una crueldad, era la condición misma de una despedida verdadera, porque se moría en casa, en la cama de siempre, con la puerta abierta para quien quisiera entrar a decir adiós, con tiempo para repartir lo que había que repartir, para pedir perdón y para darlo, para pronunciar en voz alta lo que se había callado durante años sabiendo que ya no habría otra ocasión. El que se moría presidía su propia muerte, y a nadie se le ocurría robarle esa última dignidad fingiendo delante de él una salud que ya no tenía.

Trabajo con personas que quieren morir, y conviene que lo diga cuanto antes, porque el terreno es resbaladizo y confundir las dos cosas hace mucho daño. Quien piensa en quitarse la vida no busca un buen morir, sino dejar de sufrir, y la muerte se le aparece entonces como la única puerta que queda cuando todas las demás parecen cerradas con llave, de modo que ahí mi tarea es exactamente la contraria a la que voy a defender en estas líneas, porque consiste en abrir de nuevo esas puertas, en sostener, en ganar tiempo, en acompañar hasta que el dolor afloje lo suficiente para que la vida vuelva a ser un lugar donde quepa quedarse. De eso no va este texto. Este va de lo otro, de que todos, sin una sola excepción, vamos a morir, y de que hemos ido organizando la vida entera con el propósito silencioso de no tener que mirarlo nunca de frente.

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El buen trato

Hay una palabra que uso poco en consulta, y es raro, porque describe casi todo lo que intento hacer allí. La palabra es buen trato. Suena blanda. Suena a cartel de pasillo de colegio, de esos que nadie lee dos veces, a lema de campaña con una mano dibujada sobre otra mano. Y sin embargo no se me ocurre nada más difícil de sostener, ni más clínico, ni que decida más cosas.

Llevo años trabajando con personas que sobrevivieron a lo que no debería sobrevivir nadie. Y lo que las sostuvo, cuando algo las sostuvo, casi nunca fue una técnica. Fue alguien. Alguien que estuvo de una manera fiable, sin espectáculo, el tiempo suficiente. Un abuelo. Una profesora que se quedó un recreo. Un vecino que no preguntaba demasiado pero abría la puerta. El buen trato tiene esa forma modesta, y por eso lo miramos por encima del hombro: porque no brilla.

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Del mundo que habito y que me roza

Esta mañana me he sorprendido mirando, durante quizá un minuto entero, cómo la luz entraba por la ventana de la cocina y se posaba en el borde de una taza. Un minuto no es nada, lo sé. Pero me ha bastado para darme cuenta, sin alarma, de que llevaba semanas, puede que meses, sin haber hecho exactamente eso. Sin haber mirado nada simplemente por mirarlo. Sin haber dejado que un trozo del mundo estuviera dentro de mí sin pedirme nada a cambio. Y en ese minuto, mientras la luz se quedaba en la taza y yo me quedaba con la luz, tuve la sospecha de que se me estaba escapando, sin querer, lo más importante.

Es difícil decir esto sin sonar a queja, y no quiero sonar a queja. No lo es. Es, más bien, una constatación callada que llevo arrastrando desde hace tiempo y que esta mañana ha asomado, por una rendija, sin avisar. Llevo años atendiendo, escribiendo, formándome, formando, leyendo, contestando, escuchando, acompañando; algunos lo llaman trabajo, no sé si yo usaría ese término… haciéndome cargo, eso sí del peso de ello. Y mientras lo hacía, el mundo seguía estando ahí, paciente, rozándome con sus pequeñas cosas, esperando que en algún momento me detuviera a habitarlo. Algunas veces lo he hecho. La mayoría, no. Y la honestidad, hoy, me obliga a empezar por reconocerlo.

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Dr. Luis Fernando López-MartínezWhatsApp · 658 056 656luisfernandolopez@isniss.es
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