Artículos

Artículos de psicología

Ideas para comprendernos mejor.

Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.

Un espacio para leer y pensar.

Lee los primeros párrafos y sigue el artículo completo en Substack, donde podemos continuar la conversación.

123 lecturas

SUBSTACK · ADELANTO

Alicia en el país de la IA

Alicia tarda mucho en caer. Quien recuerde el libro de Lewis Carroll quizá conserve la imagen de la niña que persigue al Conejo Blanco y aparece, casi enseguida, en un mundo de puertas diminutas y botellas que dicen "bébeme". Pero la caída es larga. Tan larga que a Alicia le da tiempo a mirar las paredes del pozo, llenas de alacenas y estanterías, a coger un tarro con la etiqueta "mermelada de naranja" y descubrir que está vacío, a preguntarse si atravesará la Tierra entera y saldrá entre gente que camina cabeza abajo. Cae tan despacio que empieza a aburrirse. Habla sola, piensa en su gata, se pregunta si los gatos comen murciélagos o si los murciélagos comen gatos. Y mientras cae, se va quedando dormida.

Charles Dodgson, profesor de matemáticas en Oxford, improvisó aquella historia una tarde de julio de 1862, en un paseo en barca por el Támesis, para entretener a tres niñas que le pedían un cuento. La publicó tres años después con el seudónimo que todos conocemos. Lleva más de siglo y medio leyéndose como relato infantil y como tratado de lógica disfrazado, y yo la releo últimamente con otra sospecha. Creo que describe con bastante exactitud algo que empiezo a escuchar en la consulta cuando alguien me habla de sus conversaciones con una inteligencia artificial.

SUBSTACK · ADELANTO

El botiquín que falta

En el pasillo de la planta baja de muchos institutos, junto a conserjería, hay un desfibrilador. Una caja blanca con una luz verde que parpadea, un cartel con un corazón atravesado por un rayo e instrucciones en letra grande para que cualquiera pueda usarlo sin haber estudiado nada. Me parece una de las mejores cosas que se han hecho en los centros educativos en los últimos años. Un chaval que se desploma en clase de Educación Física tiene hoy muchas más posibilidades de salir adelante que hace dos décadas, porque alguien pensó que un corazón puede fallar en cualquier momento y que conviene tener la ayuda a veinte metros y no a veinte minutos.

Lo pienso a menudo cuando visito centros para dar formación. Me quedo mirando la caja blanca mientras espero a que alguien me abra el salón de actos y me pregunto dónde está lo otro. Dónde está la ayuda a veinte metros para la alumna que lleva media hora encerrada en el baño de la segunda planta con un ataque de pánico. Para el chico que ha dejado de comer en el recreo desde que lo sacaron del grupo de clase. Para la niña de once años que le ha confesado a una amiga que a veces le gustaría desaparecer, algo que la amiga, asustada, ha contado a una profesora a las dos menos diez de un viernes.

SUBSTACK · ADELANTO

Manga larga en junio

Es la segunda semana de junio y en el aula de tercero de la ESO hace un calor que no deja pensar. Las ventanas están abiertas de par en par, alguien ha improvisado un abanico con la hoja de un examen y la mitad del grupo se ha remangado hasta el codo. Una alumna, en la tercera fila, lleva puesta la sudadera. La lleva desde septiembre, en realidad, pero en octubre no llamaba la atención de nadie y en junio empieza a hacerlo. La profesora de Matemáticas la mira un segundo más de lo habitual mientras reparte las hojas, duda, piensa en preguntarle si no tiene calor, se imagina la respuesta, se imagina lo que podría venir después de la respuesta, y al final sigue repartiendo. Suena el timbre. La alumna recoge sus cosas sin quitarse la sudadera y el curso termina diez días más tarde.

No sé si aquella alumna se hacía daño. Probablemente la profesora tampoco llegó a saberlo nunca, y quiero dejar claro desde el principio que no toda manga larga en junio esconde una herida, que hay adolescentes que se tapan por pudor, por un complejo con su cuerpo, porque el aire acondicionado está demasiado alto o simplemente porque les gusta esa sudadera, y que convertir cada prenda en una sospecha sería otra forma de no mirar. Pero me interesa esa duda, ese segundo de más en el que algo se percibe, se piensa y se deja pasar, porque en él se concentra buena parte de lo que ocurre con las autolesiones adolescentes en los centros educativos. Casi todo se decide en momentos como ese, y casi nunca de forma dramática.

SUBSTACK · ADELANTO

La nada a los quince años

En 1862 Iván Turguénev publicó Padres e hijos, y con aquella novela una palabra que llevaba décadas circulando por los márgenes de la filosofía alemana salió a la calle y se sentó a la mesa de las familias rusas. En uno de los primeros capítulos, el joven Arkadi vuelve a la finca de su padre acompañado de Bazárov, un amigo que estudia medicina, diseca ranas y sostiene que un buen químico es veinte veces más útil que cualquier poeta. Cuando el padre y el tío le preguntan, con la cortesía tensa de quien intuye que se le escapa alguna cosa, qué clase de hombre es ese amigo suyo, Arkadi responde que es un nihilista, alguien que no se inclina ante ninguna autoridad y que no acepta ningún principio como artículo de fe, por mucho respeto del que ese principio esté rodeado.

El nihilista de Turguénev era ruidoso. Discutía, provocaba y se burlaba de sus mayores con una seguridad casi insolente, y creía, con la misma fe que presumía de no tener, en las ciencias naturales y en la necesidad de derribar lo viejo para que algo distinto pudiera levantarse en su lugar. Su negación tenía dirección. Negaba contra alguien, y en el fondo negaba a favor de algo que todavía no tenía nombre.

SUBSTACK · ADELANTO

El amor que nos salva

La palabra salvar viene del latín salvus, que quiere decir entero, sano, sin quebrar. Antes de significar rescatar a alguien de un peligro, significaba devolverle lo que le faltaba para volver a ser una unidad completa. Salvar, en su raíz, no era sacar a alguien de donde estaba. Era restituirle una integridad que el sufrimiento le había arrebatado.

Lo pienso cada vez que alguien me cuenta, ya en la calma posterior, cómo decidió seguir vivo en una noche que se le hizo especialmente larga. Casi nunca lo describen como una decisión razonada, con argumentos que se pesan uno contra otro. Lo describen como una imagen que se cruzó sin avisar. Una cara. Una voz al otro lado del teléfono, aunque no llegaran a descolgar. Una mano que no sabían que todavía podían buscar.

SUBSTACK · ADELANTO

Cuando todo se derrumba

La frase suele decirse en voz baja, como si reconocer ese cansancio fuera una falta. Quien la pronuncia sigue levantándose cada mañana. Va al trabajo, responde cuando le escriben, compra algo para cenar y se acuesta con la alarma puesta. Desde fuera, nada parece haberse roto. Nadie ve cuánto esfuerzo le cuesta mantenerlo todo en pie.

El hastío con la vida no siempre nace de una gran desgracia. Puede formarse lentamente, por acumulación. Una preocupación que no termina. El cuidado prolongado de alguien que depende de nosotros. Un trabajo que ocupa casi todo el día y apenas permite sostenerlo. La experiencia repetida de que las instituciones no escuchan. También ese contacto cotidiano con un mundo donde la crueldad parece tener más presencia que el cuidado.

La próxima lectura, en tu correo.

Si estos temas te acompañan, puedes seguir la conversación en Substack y elegir cómo recibir las nuevas publicaciones.

Suscribirme en Substack ↗

Dr. Luis Fernando López-MartínezWhatsApp · 658 056 656luisfernandolopez@isniss.es
1
Hola, soy Luis Fernando López
¿En qué puedo ayudarte?
Powered by