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Artículos de psicología

Ideas para comprendernos mejor.

Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.

Un espacio para leer y pensar.

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119 lecturas

SUBSTACK · ADELANTO

El amor que nos salva

La palabra salvar viene del latín salvus, que quiere decir entero, sano, sin quebrar. Antes de significar rescatar a alguien de un peligro, significaba devolverle lo que le faltaba para volver a ser una unidad completa. Salvar, en su raíz, no era sacar a alguien de donde estaba. Era restituirle una integridad que el sufrimiento le había arrebatado.

Lo pienso cada vez que alguien me cuenta, ya en la calma posterior, cómo decidió seguir vivo en una noche que se le hizo especialmente larga. Casi nunca lo describen como una decisión razonada, con argumentos que se pesan uno contra otro. Lo describen como una imagen que se cruzó sin avisar. Una cara. Una voz al otro lado del teléfono, aunque no llegaran a descolgar. Una mano que no sabían que todavía podían buscar.

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Cuando todo se derrumba

La frase suele decirse en voz baja, como si reconocer ese cansancio fuera una falta. Quien la pronuncia sigue levantándose cada mañana. Va al trabajo, responde cuando le escriben, compra algo para cenar y se acuesta con la alarma puesta. Desde fuera, nada parece haberse roto. Nadie ve cuánto esfuerzo le cuesta mantenerlo todo en pie.

El hastío con la vida no siempre nace de una gran desgracia. Puede formarse lentamente, por acumulación. Una preocupación que no termina. El cuidado prolongado de alguien que depende de nosotros. Un trabajo que ocupa casi todo el día y apenas permite sostenerlo. La experiencia repetida de que las instituciones no escuchan. También ese contacto cotidiano con un mundo donde la crueldad parece tener más presencia que el cuidado.

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El tiempo que nos queda

En las salas de espera ya casi nadie espera. Basta con sentarse un rato en cualquiera de ellas, en la de una consulta o en la de una estación, para comprobar que la gente ha dejado de habitar ese hueco vacío que antes era la espera y lo ha llenado hasta el último segundo con la pantalla del teléfono, como si detenerse sin hacer nada, sin producir nada, sin desplazar el pulgar hacia arriba una y otra vez, se hubiera vuelto de pronto una forma insoportable de estar en el mundo. Miro esas escenas y pienso que no hemos perdido el tiempo, que sería lo de menos, sino algo más hondo y más difícil de recuperar, que es la capacidad de estar dentro de él sin necesidad de rellenarlo.

Vivimos convencidos de que el problema es que tenemos poco tiempo, y lo repetimos como una queja de fondo que acompaña casi todo lo que hacemos, «no tengo tiempo», «no me da la vida», «a ver si saco un rato», mientras corremos de una tarea a la siguiente sin habitar del todo ninguna. Séneca, que escribió sobre esto hace dos mil años en una carta que sigue siendo incómodamente actual, sostenía justo lo contrario, y lo decía sin rodeos, que no es que dispongamos de poco tiempo sino que perdemos muchísimo, y que la vida, si se emplea bien, es larga y sobrada para todo lo que de verdad importa, de modo que el problema nunca ha sido la cantidad de tiempo que nos ha tocado en suerte, sino la avaricia con que lo dilapidamos entregándoselo a cualquiera y a cualquier cosa mientras nos guardamos para nosotros mismos la parte más pequeña y peor.

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Los que sufren no son los cuerpos, son las personas

En los hospitales existe una forma de borrar a una persona sin dejar por ello de atenderla. Basta con nombrarla por la habitación que ocupa, por el órgano que ha fallado o por el diagnóstico escrito en su historia clínica. “El ictus de la 312”. “La pancreatitis”. “El intento de suicidio que llegó anoche”. Casi nunca hay en esas palabras una intención de herir. Suelen ser el atajo de profesionales cansados que necesitan entenderse deprisa, establecer prioridades y tomar decisiones de las que, a veces, depende una vida. El problema comienza cuando ese atajo acaba ocupando todo el camino. Entonces, la persona deja de ser alguien con una historia, unos vínculos y una manera propia de vivir lo que le está ocurriendo, y queda reducida a aquello que padece.

La medicina necesita clasificar, y la psicología no puede prescindir de ello. Sin categorías, pruebas, escalas y protocolos, trabajaríamos a ciegas y confiaríamos decisiones delicadas a la intuición, cuando no al capricho. Necesitamos saber qué enfermedad o problema clínico está presente, cuál es el riesgo, qué tratamientos cuentan con respaldo empírico y qué señales exigen una actuación urgente. La atención humana no está reñida con la precisión; obliga a recordar al servicio de quién se encuentra esa precisión. Una clasificación cumple su función mientras nos ayuda a comprender la experiencia concreta de una persona. Cuando pretende sustituirla, deja de ser una herramienta clínica y se convierte en una forma de borrarla.

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Hacia la psicotización de la sociedad

Una persona me contó hace poco, sin darle ninguna importancia, que había algo que se lo había contado antes al chat que a nadie. Lo dijo igual que quien menciona que ha mirado el tiempo o ha puesto una lavadora. Y no era una persona aislada ni rara, era alguien con amigos, con pareja, con teléfono lleno de contactos. Simplemente, cuando le vino la cosa por dentro, a las once de la noche, abrió una aplicación en lugar de abrir una conversación. Me quedé pensando en eso más tiempo del que esperaba. No en ella. En todos nosotros.

Porque lo que hizo esa persona lo estamos haciendo ya casi todos, cada uno a su manera, y llamarlo comodidad se me queda corto. Estamos moviendo, poco a poco y sin decidirlo del todo, el lugar donde ocurre eso tan viejo y tan humano que es hablar con otro para entenderse a uno mismo. Y lo estamos moviendo desde las personas hacia las máquinas.

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La maldición de la felicidad

Nos dijeron que teníamos derecho a ser felices y terminamos creyendo que estábamos obligados a conseguirlo.

La diferencia parecía pequeña. Apenas una modificación inocente en el lenguaje de una época convencida de haber aprendido a vivir mejor. Con el tiempo, aquel derecho fue adquiriendo la rigidez de un deber. La felicidad dejó de representar una posibilidad incierta, vinculada a determinados momentos de la existencia, y comenzó a presentarse como el resultado esperable de una vida bien administrada. Quien trabaja sobre sí mismo, elige adecuadamente y mantiene una actitud positiva debería alcanzarla. Si no lo consigue, algo habrá hecho mal.

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Dr. Luis Fernando López-MartínezWhatsApp · 658 056 656luisfernandolopez@isniss.es
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