Artículos de psicología
Ideas para comprendernos mejor.
Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.
Un espacio para leer y pensar.
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Sufrir en masculino, sufrir en femenino
Hay algo que se repite en la consulta con adolescentes y que, si uno no se detiene a pensarlo, pasa desapercibido. Me refiero a la forma que toma el sufrimiento cuando llega. Al molde en el que se vierte antes de que podamos verlo. El sufrimiento en sí es siempre singular e irrepetible, pero ese molde, casi siempre, tiene forma de género.
Llevo años trabajando con adolescentes que se hacen daño, que piensan en la muerte, que han dejado de dormir o de comer o de salir. Y lo que observo una y otra vez es que el dolor se expresa de maneras muy diferentes en un chico y en una chica. Las reglas que gobiernan lo que cada uno puede hacer con su malestar son radicalmente distintas. Y esas reglas las pone la cultura. Las ponemos nosotros.
Género, sexo, redes sociales y conducta suicida
Hay una cifra que llevo tiempo pensando: “3:1”. En España, según los datos que recoge Blanco (2020) en su análisis del suicidio como fenómeno social, los hombres mueren por suicidio aproximadamente tres veces más que las mujeres. Y sin embargo, son las mujeres las que con mayor frecuencia lo intentan. Esta asimetría, que los epidemiólogos han llamado la paradoja de género del suicidio, no es un accidente estadístico. Es una pregunta sobre cómo vivimos, sobre qué se nos permite hacer con el dolor, sobre qué formas de presencia y ausencia nos construye la cultura en la que nacemos.
Vivimos en silencio para no herirnos los unos a los otros
Hay algo que lleva tiempo rondándome, algo que vuelve en distintas formas dentro de la consulta, y también fuera de ella. Una persona se sienta frente a mí y en algún momento, en medio de explicar su semana o su cansancio o su dolor, dice: «No le dije nada porque no quería preocuparle.» O: «Me quedé callada porque tampoco era el momento.» O simplemente: «Ya para qué.»
El silencio en este terreno sin forma o memoria no es una ausencia. Es una decisión. Un acto de autocensura emocional ejecutado con cuidado, incluso con ternura. No decimos lo que sentimos para que el otro no tenga que hacerse cargo de las emociones que las palabras trasladan. Nos contenemos, tragamos, gestionamos. Y a eso lo llamamos consideración. A veces incluso lo llamamos amor.
Completar la propia vida
Hay frases que uno no elige pensar. Aparecen, insisten durante días, y en algún momento uno comprende que merecen ser escritas. Esta es una de ellas: la enfermedad puede ser devastadora, pero a veces también ofrece una oportunidad para completar de manera consciente la propia vida.
La escribo y me doy cuenta de que suena casi provocadora. Quizás lo es. Hay cierta insolencia en proponer que algo tan terrible como la enfermedad pueda ofrecer algo. Y sin embargo, llevo días volviendo sobre esto, y no encuentro manera de deshacerme de la intuición.
El sentido de la vida en un mundo que ya no sabe esperar
Lo noto en consulta, lo noto en las formaciones, lo noto en esas conversaciones que empiezan de manera casual y acaban siendo las más honestas. Cuando alguien no sabe qué hacer con su vida, con una decisión difícil, con una pregunta que pesa, esa persona cada vez con más frecuencia no llama a un amigo, no se sienta con el malestar, no duerme una noche con la duda. Se lo pregunta a una inteligencia artificial. Y la máquina responde. Siempre, con fluidez, sin vacilar, sin la incomodidad propia de quien también está buscando. Y hay algo en esa escena, tan cotidiana ya que casi ha dejado de llamar la atención, que me parece importante detenerse a mirar.
La memoria es algo extraño
He pensado muchas veces que una parte importante de nuestro trabajo consiste en escuchar cómo recuerdan las personas. No solo qué recuerdan, sino desde dónde lo hacen, con qué verdad, con qué defensa, con qué pudor. Hay quien llega a sesión convencido de que viene a hablar del presente y, sin embargo, al cabo de unos minutos ya no está hablando solo de lo que le ocurre ahora, sino de una escena antigua que sigue habitando dentro de él. A veces aparece de frente, con la crudeza de lo que nunca terminó de irse. Otras veces se desliza en la manera en que amamos, en el paso atrás que damos cuando el otro empieza a importarnos demasiado, en ese temor callado a que una ausencia nueva venga a tocar una herida antigua. Porque no siempre recordamos con imágenes. En ocasiones recordamos con la forma en que nos protegemos, con la vigilancia íntima de quien ya aprendió que querer también puede doler. Y quizá ahí, casi en voz baja, convenga detenerse un instante. Frankl nos enseñó que incluso el dolor busca un sentido para no volverse puro vacío. Yalom recordó que amar de verdad siempre nos acerca a la pérdida, a la soledad, a la fragilidad de estar vivos. Rolón, por su parte, ha insistido en que no sufrimos solo por lo que nos ocurre, sino por lo que eso despierta en nuestra historia más íntima.
La memoria es algo extraño porque no se limita a conservar. La memoria interpreta, protege, deforma, selecciona, calla y, en ocasiones, devuelve. No actúa como un notario del pasado. Actúa más bien como una presencia que organiza la manera en que habitamos el mundo. Por eso hay recuerdos que no se presentan como una imagen clara ni como un relato nítido, sino como una atmósfera. Personas que no pueden explicar por qué se sienten siempre en deuda, por qué piden perdón antes incluso de haber dicho nada, por qué les asusta tanto decepcionar, por qué no saben descansar sin sentirse culpables. Y, sin embargo, cuando uno permanece el tiempo suficiente junto a ellas, cuando la prisa deja de mandar y el lenguaje empieza a volverse menos defensivo, acaba apareciendo alguna forma antigua, una memoria.
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