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Artículos de psicología

Ideas para comprendernos mejor.

Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.

Un espacio para leer y pensar.

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119 lecturas

SUBSTACK · ADELANTO

El tribunal que nos habita

Conviene que empiece reconociendo una incomodidad. Cada vez que alguien me dice, al sentarse por primera vez, que viene buscando un espacio sin juicios, asiento por fuera y discrepo por dentro. Entiendo de dónde nace la petición, porque debajo de ella hay un cansancio que es del todo legítimo, el de existir bajo evaluación permanente, en un tiempo que ha hecho de la mirada ajena una forma de gobierno. Pero la experiencia clínica acumulada me obliga a una corrección que en ese primer encuentro callo por prudencia. La terapia no es, ni puede serlo, un territorio libre de juicios. Es, con frecuencia, el primer lugar en que se vuelven audibles los propios.

La terapia no es, ni puede serlo, un territorio libre de juicios. Es, con frecuencia, el primer lugar en que se vuelven audibles los propios.

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Un motivo para vivir

Hay una pregunta que llevo años haciéndome cada vez que me siento delante de una persona en sufrimiento profundo, una pregunta que se ha vuelto el eje silencioso de mi práctica clínica y de la formación que imparto: ¿qué sostiene a alguien que tiene todas las razones objetivas para abandonar y, sin embargo, sigue ahí? La respuesta clínica que he ido construyendo, y que la evidencia internacional confirma con creciente consistencia, no es heroica ni grandilocuente. Es discreta, casi prosaica. Cuando una persona logra identificar, recuperar o construir un motivo para vivir, por modesto que parezca, el curso de su existencia puede cambiar.

No estoy hablando de la felicidad, ni del proyecto vital articulado, ni de la realización plena. Hablo de algo anterior y mucho más decisivo: una razón concreta, encarnada en una persona, en una rutina, en un compromiso, en una pregunta sin resolver, que el sujeto reconoce como propia y por la que decide, una mañana más, levantarse. Esa razón es la materia prima de la prevención del suicidio bien entendida. Y si tuviera que resumir en una sola línea la posición clínica que sostengo desde ISNISS, la formularía así: la prevención no se construye contra la muerte, se construye con los motivos para vivir.

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Hacia una sociedad enferma

Escribo esto cansado, y creo que el cansancio es parte del argumento. Llevo todo el día atendiendo y, antes de irme a dormir, abro el ordenador para poner por escrito algo que lleva varias semanas dándome vueltas. No es una idea nueva. Tampoco es elegante. Es, más bien, una incomodidad que no termina de irse y que, si no la pongo en palabras, se me va a quedar dentro como un bulto.

La incomodidad es esta. Yo, que trabajo con personas que sufren, llevo tiempo sospechando que estoy cuidando los efectos de algo cuya causa está mucho más lejos de mi consulta. Y que cada paciente al que ayudo a sostenerse, en algún sentido, vuelve después al mismo lugar que lo hizo enfermar. No al mismo barrio, ni a la misma casa, ni siquiera al mismo trabajo. Al mismo clima.

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De mentirosos e hipócritas

Hay palabras que comparten frontera y conviene no confundirlas. Mentira e hipocresía es una de ellas. Pero la frontera, cuando uno se acerca, se vuelve menos nítida de lo que parecía al principio. Hay una zona en la que ambas se rozan, otra en la que se confunden, y otra, la más interesante, en la que se separan limpiamente y muestran que no eran lo mismo. Llevo días dándole vueltas a esa zona, y termino escribiendo desde ahí no por convicción, sino por una insistencia que ya no sé cómo callar.

Lo he visto en consulta. No una vez. Muchas. Pacientes que llegaban diciendo que mentían, en sus relaciones, en sus trabajos, a sí mismos, y otros que describían vidas enteras edificadas sobre una pose, sin sentir que estuvieran mintiendo, porque ya no recordaban quién eran cuando no la sostenían. Y el contraste, repetido en sesión tras sesión, me ha enseñado algo que tardé en encajar: el mentiroso, casi siempre, está más cerca de la verdad de lo que él mismo cree. El hipócrita, en cambio, ha hecho de la distancia con la verdad su lugar de descanso.

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Lo que el fuego no puede

Hoy ha ardido una casa en Morata de Tajuña. Tres casas, en realidad. Tres familias, la misma calle, el mismo humo, el mismo silencio raro de los pueblos cuando algo pasa. Escribo esto al final de un día en el que las imágenes no han dejado de llegar y en el que el pueblo, sin necesidad de ponerse de acuerdo, ha empezado a hacer lo que un pueblo hace cuando otro pueblo sufre. Aparecer.

Hay desgracias que se ven desde lejos y que, a fuerza de verlas, terminan por dejar de doler. Esta no es de esas. Esta es de las que pasan al lado de uno. Conocemos la calle. Conocemos a alguien que conoce a alguien. Y entonces el desastre deja de ser una noticia y se vuelve un nombre, una puerta, una infancia. Las llamas no han ardido en abstracto. Han ardido sobre fotos, sobre cuadernos del colegio, sobre la cuna donde duerme un niño, sobre el ajuar de toda una vida. Las llamas no devoran objetos. Devoran biografías.

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La casa que habitamos

Todos vivimos dentro de una casa que no elegimos construir. Una casa hecha de las voces que nos criaron, de los silencios que aprendimos a respetar antes de saber qué significaban, de las habitaciones que nos enseñaron a mantener cerradas y de las que nos dijeron que eran el salón, el lugar donde se recibe, donde se muestra lo presentable. Esa casa es nuestra historia. Nuestro patrimonio biográfico. Y la habitamos todos los días, aunque casi nunca nos detengamos a mirarla.

Llevo años sentándome frente a personas que llegan a consulta sin saber muy bien qué les pasa. Traen un síntoma, una queja, un malestar que no saben ubicar. Y con el tiempo he aprendido que lo que muchas veces ocurre es que han dejado de reconocer la casa en la que viven. Que llevan tanto tiempo habitándola en automático que ya no distinguen cuáles son las paredes originales y cuáles son los tabiques que fueron levantando ellos mismos para tapar lo que no querían ver. Hay personas que viven en casas llenas de habitaciones clausuradas. Habitaciones donde guardaron un duelo que no se procesó, una humillación que no se nombró, un afecto que no fue correspondido. Y esas habitaciones cerradas no desaparecen. Ocupan espacio. Condicionan el tránsito por el resto de la casa. Uno aprende a moverse por los pasillos que quedan libres, a evitar ciertas puertas, a no hacer ruido cerca de ciertos muros. Y esa forma de moverse, esa coreografía del evitamiento, se convierte con los años en lo que llamamos personalidad.

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Dr. Luis Fernando López-MartínezWhatsApp · 658 056 656luisfernandolopez@isniss.es
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