Artículos de psicología
Ideas para comprendernos mejor.
Escribo sobre el sufrimiento humano, los vínculos y nuestra manera de vivir. Lecturas para detenernos, abrir preguntas y mirar la salud mental con atención.
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El último adiós que nos debemos
Nadie nos enseña a morir. Tampoco nos enseñan a despedirnos de alguien que se está muriendo. Tenemos protocolos para casi todo, guías clínicas, manuales de intervención, algoritmos de decisión para cada escenario posible en un hospital. Pero cuando llega el momento en que la medicina se retira y queda solo la persona, el cuerpo que se apaga y los que están alrededor sin saber qué hacer con las manos, ahí no hay protocolo. Ahí hay silencio. Y en ese silencio se juega algo que pocas veces nombramos con la seriedad que merece: la posibilidad de que la muerte sea un acto digno.
He acompañado a personas que sabían que iban a morir. No muchas, pero las suficientes como para que algo dentro de mí haya cambiado para siempre. Y lo primero que aprendí es que la muerte por enfermedad tiene un tiempo propio que no se parece a ningún otro. No es el tiempo del reloj ni el del calendario. Es un tiempo que se dilata y se contrae según lo que queda por decir. He visto semanas que parecían años porque nadie se atrevía a pronunciar las palabras que todos llevaban dentro. Y he visto tardes que pasaron en un instante porque alguien, por fin, se sentó al borde de la cama y dijo lo que llevaba guardando toda una vida.
La muerte que nadie ve
Hay una idea que llevo años intentando formular con la precisión que merece y que siempre se me escapa un poco, como si las palabras no alcanzaran del todo a nombrar lo que la clínica me ha enseñado. La idea es esta: antes de que una persona muera por suicidio, ya ha muerto de otra manera. Ha muerto socialmente. Ha dejado de existir para los demás mucho antes de dejar de existir para sí misma. Y esa muerte primera, silenciosa, sin certificado ni funeral, es la que deberíamos aprender a ver si queremos prevenir la segunda.
No estoy hablando de metáforas. Estoy hablando de un proceso que tiene nombre, que tiene evidencia, que tiene una historia intelectual que empieza hace más de ciento treinta años con un sociólogo francés que tuvo la lucidez de mirar el suicidio como lo que es: un hecho social. Émile Durkheim publicó Le Suicide en 1897 y lo que propuso entonces sigue siendo perturbadoramente vigente. Que las tasas de suicidio no se explican por la patología individual. Que se explican por el grado de integración y regulación que una sociedad ofrece a sus miembros. Que cuando los lazos que unen a una persona con su comunidad se debilitan hasta romperse, lo que queda no es un individuo libre. Lo que queda es un individuo expuesto. Mueller y colaboradores, en una revisión publicada en Frontiers in Psychology en 2021, recuperaron la riqueza del pensamiento durkheimiano que la suicidología contemporánea ha ido simplificando, y mostraron cómo las teorías sociológicas recientes han incorporado la sociología de las emociones, las redes sociales y la psicología social para entender mejor cómo el mundo externo importa al sufrimiento individual.
Aprender a mirar la pantalla antes de que la pantalla nos mire a nosotros
Llevamos años hablando de pantallas como si el problema fuera la pantalla. Como si un objeto pudiera, por sí solo, explicar el sufrimiento de una generación. Pero las pantallas no sufren. Sufren los adolescentes que las miran. Y lo que me preocupa, lo que me lleva a escribir esto con una urgencia que rara vez siento ante el teclado, es que seguimos tratando la relación entre los jóvenes y el mundo digital como un problema tecnológico cuando en realidad es un problema profundamente humano. Un problema de soledad, de regulación emocional, de falta de acompañamiento. Un problema, en definitiva, clínico.
El amor que nos salva
Hay una escena que se repite en la consulta con una frecuencia que ya no puedo ignorar. Alguien llega, se sienta y, antes incluso de nombrar lo que le ocurre, describe una soledad particular, la de haber atravesado lo más difícil con personas alrededor que no supieron quedarse. No porque no las tuviera. No porque nadie hubiera preguntado. Sino porque las que preguntaron se fueron en cuanto la respuesta empezó a incomodar a quien las escucha. Y esa experiencia, que parece menor frente al sufrimiento concreto que trae a la persona hasta mi despacho, suele ser la herida de fondo. La que explica, más que ninguna otra cosa, por qué ha tardado tanto en pedir ayuda.
He ido aprendiendo, con los años, que lo que más sostiene a quien sufre no es lo que se le dice. Es que alguien esté. Y he aprendido también que esa afirmación, que suena a obviedad cuando se formula así, encierra una exigencia clínica y humana mucho más difícil de lo que parece. Porque estar no es colocarse al lado. Estar es soportar lo que del otro no se puede arreglar. Estar es permanecer cuando el instinto propio pide hacer algo, decir algo, proponer algo, cualquier cosa que nos devuelva la sensación de control ante una angustia que no nos pertenece del todo, pero nos toca. Y esa es, quizás, una de las formas más antiguas y peor comprendidas del amor.
Decidir en medio del ruido
Escribo esto sin traje, sin institución delante, sin fórmula de cortesía académica. Lo escribo como lo pienso a primera hora de la mañana, cuando todavía no he empezado a ser psicólogo, ni formador, ni director de nada, y sigo siendo sólo yo, sentado frente a un folio en blanco con las preguntas que me acompañan desde hace años. Algunas de esas preguntas tienen que ver con cómo decide la gente. No los grandes debates filosóficos sobre el libre albedrío, sino las decisiones pequeñas y cotidianas que a veces salvan vidas y a veces las hunden. La decisión de levantarse o no. De pedir ayuda o no. De quedarse una hora más o de irse. De decir lo que se siente o de callarse. De confiar una vez más en quien ya nos ha fallado antes.
Amar en el deshielo, sociedad líquida, vínculos de usar y tirar y la factura que paga la salud mental
Zygmunt Bauman lo vio venir antes que casi nadie, vivimos en una modernidad líquida, un tiempo en el que nada está hecho para durar. Ni los trabajos, ni las ciudades, ni las ideologías, ni las personas con las que compartimos la cama, el café o el miedo a las tres de la madrugada. Todo fluye, todo se evapora, todo se actualiza. Y en ese deshielo permanente, los vínculos humanos se han vuelto tan transparentes y resbaladizos como el agua, imposibles de sostener entre las manos. Lo que antes era piedra, una casa, un oficio, una promesa, hoy es vapor; y vivir en el vapor, por bonito que parezca en las películas, es agotador.
Durante siglos, las relaciones se pensaban en términos sólidos, compromiso, lealtad, deber, raíz. Eran estructuras, a veces injustas, a veces asfixiantes, pero estructuras al fin y al cabo, y las estructuras, aunque incomoden, sostienen. Hoy el verbo dominante es otro, gestionar. Gestionamos parejas como gestionamos suscripciones. Si la app deja de aportar valor, se cancela; si la persona ya no “suma”, se descarta; si un amigo atraviesa una mala racha y se vuelve “demasiado intenso”, se le silencia con la elegancia de quien archiva un correo. El amor, la amistad e incluso la familia han sido absorbidos por la lógica del consumidor, máxima satisfacción, mínimo compromiso, derecho a devolución. Bauman lo llamó amor líquido. Yo lo llamaría, sin tanta poesía, amor de prueba gratuita, treinta días, sin permanencia, cancela cuando quieras.
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