Las cifras no engañan, a pesar que los datos ofrecidos no reflejan la realidad de una verdad silenciada, la de los suicidios. La tasa de la muerte autoinflingida triplica en el mejor de los casos la de los accidentes de tráfico, es ochenta veces superior a la de muertes por violencia de género y de un modo especial, son los jóvenes los que sufren en mayor medida su fatal desenlace.

Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 800.000 personas mueren por suicidio en el mundo, sin apenas una visibilización social, y que sí circunscribe veladamente a familiares y allegados del suicida. Cada 40 segundos una persona ha decidido poner fin a su vida y lo ha conseguido. El tiempo que se tarda en escribir este párrafo una persona ha muerto y entre 6 y 10 se verán inmersas en un duelo complejo que requerirá de atención sanitaria especializada. El tabú sigue presente en la sociedad, la culpa y vergüenza como emociones humanas, favorecen el anonimato y el estigma de las causas que promovieron la decisión de acabar con la propia vida. Esa es la realidad. Sin más.

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No obstante, vivimos en una era de conocimiento, en una época digital, en un mundo que ha pasado a ser 2.0, atemporal y globalizado. Nada escapa a la influencia de la red de redes, nada se oculta en las redes sociales ávidas de noticias, sucesos y desgraciadamente en ocasiones, fake news. La conducta suicida no podía escapar a la fuerza de su gravedad, al poder de la información vertida, contenida y promovida por personas sin rostro, anónimas en su mayoría, deseosas de difundir, contagiar y en raras ocasiones, prevenir.

Sin embargo, la prevención en los últimos meses, se prodiga en las redes como si de un virus se tratase, atrayendo al epicentro del agujero negro en el que se había situado al suicidio, a profesionales, instituciones y organismos que luchan por una salida saludable, preventiva y visualizadora del fenómeno tabú por excelencia. El suicidio, paso a paso, va dejando de ser tabú, al menos en lo concerniente al ámbito sanitario profesional, debemos esperar que también en el social. Los numerosos congresos, eventos y cursos en torno a la conducta suicida y su prevención, así lo prevén.

La influencia que ha ejercido las redes sociales e Internet en esta visibilización, es un factor proyector y pedagógico de las nuevas tecnologías en el fenómeno. Son muchas las razones y estudios, que han mostrado la influencia negativa de las mismas en la promoción de conductas disruptivas autolesivas y suicidas en los adolescentes, de eso no cabe duda. Y es que a pesar de los inconvenientes, peligros y conflictos que surgen con la libertad de expresión en el ciberespacio, la divulgación de información 2.0 debe de ser un promotor esencial como canal pedagógico en una generación inmersa en un nuevo tipo de ADN social, el de las tecnologías de información  y comunicación.

El suicidio, deja de ser tabú, ha iniciado su visualización preventiva gracias al apoyo de profesionales, supervivientes y allegados que luchan contra el estigma y el silencio. Internet y las redes sociales son sin lugar a dudas, el nuevo paradigma comunicativo que pondrá luz a la oscuridad en la que quisimos enterrar a sus afectados.

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