Los silencios en terapia psicológica

12 Abr, 2025 | Psicología Clínica

Los silencios en terapia psicológica

En el espacio íntimo de la terapia psicológica, el silencio se presenta no como una ausencia, sino como una forma particular de presencia. Su aparición —muchas veces inesperada, otras cuidadosamente propiciada— desvela un territorio de profundo valor clínico y relacional. Lejos de constituir un vacío o un mero interludio entre intervenciones verbales, los silencios que emergen en sesión encierran posibilidades únicas de comunicación, de elaboración emocional y de transformación subjetiva. Como ha sido ampliamente señalado, estos momentos de pausa poseen la capacidad de vehicular mensajes complejos y de abrir espacios de reflexión y de contacto emocional difíciles de alcanzar mediante la palabra explícita (Lane, Koetting, & Bishop, 2002; Ladany, Hill, Thompson, & O’Brien, 2004).

Los silencios pueden ser tanto aliados terapéuticos como fuentes de incomodidad o desconexión. Su cualidad productiva o obstructiva depende, en buena medida, del modo en que terapeuta y cliente los transiten y de la sensibilidad con que sean sostenidos. De hecho, cuando el silencio es acogido desde una actitud de respeto y presencia genuina, puede favorecer una experiencia relacional profundamente empática y resonante, invitando al cliente a conectarse con sus propios afectos y pensamientos (Levitt, 2001). Sin embargo, si estos momentos son vividos como fríos, distantes o desatendidos, pueden minar la alianza terapéutica y reforzar sentimientos de inseguridad o de abandono, especialmente en clientes con estilos de apego ansioso o evitativo (Daniel et al., 2018).

En este sentido, los silencios cumplen funciones esenciales en el proceso terapéutico. Por un lado, permiten al cliente reflexionar y elaborar internamente lo que está emergiendo en la sesión, favoreciendo la introspección y el contacto con su mundo emocional. Por otro, otorgan al terapeuta un lugar desde el cual expresar aceptación, respeto por los ritmos del otro y capacidad de contención emocional. No es casual que los silencios invitacionales —aquellos que habilitan la expresión emocional y que acompañan desde una presencia empática— se hayan asociado con un aumento significativo en la colaboración terapéutica y en el sentimiento de seguridad relacional (Cuttler, Hill, King, & Kivlighan, 2019).

Ahora bien, no todos los silencios en terapia poseen la misma naturaleza ni los mismos efectos. Diversos autores han propuesto clasificaciones útiles para comprender sus distintas funciones. Así, por ejemplo, Levitt (2001) distingue entre pausas emocionales, reflexivas, expresivas y de desenganche. Esta categorización permite al terapeuta afinar su capacidad de escucha y ajustar su intervención en función del momento y del tipo de silencio que emerge en la sesión.

Las pausas emocionales suelen estar cargadas de afecto y requieren un acompañamiento sensible; las reflexivas favorecen la elaboración cognitiva; las expresivas invitan a dar forma verbal a lo que se siente; mientras que las de desenganche pueden reflejar desconexión, evitación o malestar relacional.

La investigación empírica ha aportado datos relevantes sobre la relación entre los silencios, la alianza terapéutica y los resultados clínicos. En particular, se ha constatado que la frecuencia y el tipo de pausas guardan una estrecha relación con los estilos de apego de los clientes y con la calidad de la relación terapéutica. Aquellos pacientes que presentan inseguridad en sus vínculos tienden a mostrar más pausas obstructivas, caracterizadas por un corte brusco en el flujo de la sesión o por una sensación de incomodidad que dificulta el trabajo terapéutico (Daniel et al., 2018). Este fenómeno adquiere especial relevancia en el ámbito de la psicoterapia con adolescentes, donde la calidad de la alianza y el sentido de seguridad relacional son factores decisivos en la evolución clínica.

Los resultados terapéuticos también parecen estar modulados por la manera en que los silencios son vividos y gestionados en el proceso. Así, se ha observado que los silencios productivos —aquellos que favorecen la reflexión, la expresión emocional o la conexión interna— se asocian con mejores resultados, especialmente cuando aparecen en la fase media del tratamiento, momento crucial para la consolidación de la alianza terapéutica y para el despliegue de las capacidades introspectivas del cliente (Daniel et al., 2018). Por el contrario, las pausas obstructivas, más frecuentes en pacientes con desenlaces terapéuticos menos favorables, pueden funcionar como señales de alarma que orientan al terapeuta sobre la necesidad de intervenir de manera más activa o de explorar los procesos subyacentes a dicha desconexión.

Desde la perspectiva del terapeuta, el uso estratégico del silencio constituye una habilidad compleja, que se adquiere y refina con la experiencia clínica y la supervisión. Lejos de tratarse de una técnica mecánica o de una consigna universal, el silencio en terapia exige un profundo trabajo de sintonía y de presencia, así como una capacidad constante de autoobservación. Como señalan Ladany et al. (2004), los terapeutas utilizan el silencio para facilitar la reflexión, para promover la responsabilidad del cliente y para favorecer la expresión de sentimientos que tal vez resulten difíciles de verbalizar. No obstante, suelen evitar este recurso con pacientes muy perturbados o con niveles elevados de ansiedad, dado que el silencio podría ser vivido en estos casos como abandono o como una retirada afectiva (Hill, Thompson, & Ladany, 2003).

En última instancia, hablar de los silencios en terapia es hablar de la condición humana en su estado más vulnerable y auténtico. Porque el silencio —ese que a veces irrumpe con la torpeza de lo que no se sabe decir, o que se instala con la dignidad de lo que no necesita ser nombrado— es mucho más que la ausencia de palabras: es el lenguaje de lo esencial.

En cada pausa compartida en sesión, en cada espacio donde la palabra cede su lugar a la presencia, late una oportunidad insustituible de escucha profunda, de respeto por los tiempos del otro y de reconocimiento de su mundo interno.

Por eso, el desafío ético y clínico de quien acompaña en terapia no es solo saber intervenir con las palabras justas. Es, sobre todo, saber sostener los silencios sin invadirlos, sin apresurarlos, sin evitarlos por incomodidad propia. Es entender que, muchas veces, en esos silencios anida la posibilidad más genuina de reparación emocional.

Y quizás por eso —precisamente por eso—, los silencios en terapia no deberían temerse, ni buscarse de manera artificial, ni rellenarse por costumbre. Deberían respetarse. Habitarse. Y, sobre todo, escucharse con esa presencia entera que no necesita hablar para estar.

Porque, en el fondo, los silencios bien sostenidos en terapia nos recuerdan algo esencial: que acompañar el dolor humano es, muchas veces, un ejercicio de humildad y de paciencia. Un trabajo silencioso de espera y de confianza. La mejor forma —quizás la más humana— de decir: “no estás solo”.

REFERENCIAS.

Cuttler, E., Hill, C., King, S., & Kivlighan, D. (2019). Productive silence is golden: Predicting changes in client collaboration from process during silence and client attachment style in psychodynamic psychotherapy.. Psychotherapy, 56 4, 568-576. https://doi.org/10.1037/pst0000260

Lane, R., Koetting, M., & Bishop, J. (2002). Silence as communication in psychodynamic psychotherapy.. Clinical psychology review, 22 7, 1091-104. https://doi.org/10.1016/S0272-7358(02)00144-7

Levitt, H. (2001). Sounds of Silence in Psychotherapy: The Categorization of Clients’ Pauses. Psychotherapy Research, 11, 295 – 309. https://doi.org/10.1080/713663985

Daniel, S., Folke, S., Lunn, S., Gondan, M., & Poulsen, S. (2018). Mind the gap: In-session silences are associated with client attachment insecurity, therapeutic alliance, and treatment outcome. Psychotherapy Research, 28, 203 – 216. https://doi.org/10.1080/10503307.2016.1177673

Ladany, N., Hill, C., Thompson, B., & O’Brien, K. (2004). Therapist perspectives on using silence in therapy: A qualitative study. Counselling and Psychotherapy Research, 4, 80-89. https://doi.org/10.1080/14733140412331384088

Hill, C., Thompson, B., & Ladany, N. (2003). Therapist use of silence in therapy: a survey.. Journal of clinical psychology, 59 4, 513-24. https://doi.org/10.1002/JCLP.10155

Luis Fernando López Martínez

Luis Fernando López Martínez

Psicólogo General Sanitario. Psicoterapeuta.

Psicólogo General Sanitario. Psicoterapeuta de adultos/adolescentes y Formador. Profesor en la UCM. Director Área Sanitaria, Codirector de ISNISS.  Fundador y creador de Proyecto ISNISS del Programa de Doctorado en Psicología de la Salud de la UNED.  Coordinador Técnico del Programa Hablemos de Suicidio del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Profesor de la UPV en el Especialista Universitario en Suicidología Investigador doctoral de conductas autolesivas y suicidas en entornos digitales, redes sociales e Internet. Profesor en diversas universidades públicas y privadas a nivel nacional e internacional. Máster en Psicología General Sanitaria. Máster en Psicoterapias Humanistas. Máster en Intervención Comunitaria. Máster en Mediación y Resolución de Conflictos. Técnico Experto en Violencia de Género. Experto en Duelo. Experto en Prevención e intervención en la conducta suicida. Experto en redes sociales e Internet.

Autor de las obras publicadas:

  • Peajes Emocionales: un viaje de tu interior.
  • Duelo, autolesión y conducta suicida: desafíos en la era digital
  • Guía Práctica de la Autolesión y el Suicidio en entornos digitales.
  • Abordaje Integral de la Conducta Suicida y Autolesiva. Guía para familias y profesionales
  • Palabras que curan. El poder de las palabras en la autolesión y el suicidio.

 

 

 

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